ESCRIBIR

13 de Junio de 2011 |09:33
Escribir, ese oficio peligroso…
Escribamos entonces, para que nos lean. Escribamos para abrir ventanas a nuevos universos. Escribamos, porque escribir es corregir la vida –aunque sólo corrijamos una sola coma al día–, y eso es lo único que nos protege de las heridas insensatas y golpes absurdos que nos da la difícil existencia auténtica.


Alejandro Jodorowsky  dice que su literatura le sirvió para sanar. Entonces, creo que en ningún momento histórico se necesitó tanto del arte como en el presente: atreverse a arrojarle en la cara al mundo de hoy un poco de belleza y sentido, es un acto supremo de libertad.
Coincide Margueritte Yourcenar cuando dice que “la literatura nos permite sobrevivir a las injusticias de la vida”. Nada menos agresivo que un hombre que baja la vista para leer un libro que tiene en sus manos.

Escribamos entonces, para que nos lean. Escribamos para abrir ventanas a nuevos universos.
Escribamos, porque escribir es corregir la vida –aunque sólo corrijamos una sola coma al día–, y eso es lo único que nos protege de las heridas insensatas y golpes absurdos que nos da la difícil existencia auténtica.

Escribamos sobre nuestros amores, nuestros dolores, nuestros miedos, nuestros sueños. Escribamos sobre otros mundos posibles, fantásticos, distantes o cercanos, diferentes o iguales a los nuestros.

Escribamos porque vale el intento y quienes lo hacemos, no conocemos nada más seductor que la labor de escribir, aunque al mismo tiempo haya que pagar cierto tributo por ese placer.

Porque escribir es un don de dios o del diablo, pero eso poco importa. Un escritor debe tener la máxima ambición y saber que lo importante no es la fama o el ser escritor sino el escribir, el encadenarse de por vida a un noble pero implacable amo, un patrón que no hace concesiones y que a los verdaderos escritores los lleva por el camino de la amargura y de la felicidad al mismo tiempo. Pero ya lo dijo antes Marguerite Duras: “Escribir es pretender saber qué escribiríamos si escribiésemos.”

El escritor trabaja con la memoria y con los sentimientos. Esas son sus materias primas. Habría que distinguir entre novelista e intelectual. Un escritor puede ser un ignorante en muchos temas, pero tiene un compromiso consigo mismo y debería quitarse de la cabeza que es capaz de hablar de cualquier cosa.

Sobre esto hay un texto de Cortázar, de 1967: “A riesgo de decepcionar a los catequistas y a los partidarios del artes al servicio de las masas, yo continúo siendo ese cronopio que escribe para su placer o su sufrimiento personal, sin la menor concesión, sin obligaciones latinoamericanas o socialistas entendidas a priori como pragmáticas”.

El escritor, como se ha dicho, ha de ser sincero. Ese es su compromiso.

Pero, como distinguía Max Weber, “una cosa es la ética del político y otra la del intelectual. La ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. El político puede mentir, en nombre de la responsabilidad. El escritor no. De ninguna manera. El escritor no puede mentir. Siempre tiene que decir la verdad”.

Lo que el escritor pueda expresar sobre la función de la literatura no es tan importante. Yo espero que el escritor me ofrezca iluminaciones críticas sobre el lenguaje y el mundo. No dogmas ni palabrería, ni declaraciones banales acerca de la situación política.

Uno escribe para relacionarse con el mundo en palabras. Pavese dice que “Es hermoso escribir porque reúne las dos alegrías: hablar uno solo y hablarle a la multitud”. Por eso pudo escribir una de las frases más bellas de la poesía universal: Verrà la morte e avrà i tui occhi  (“Y vendrá la muerte y tendrá tus ojos”).

Creo también que tiene que existir una relación entre la comunidad y el escritor y que, de hecho, existe. Es bueno que conste ese vínculo. Claro está, si nuestra comunidad es muy grande, esta ligazón puede ser con la lengua solamente. Si somos estadounidenses, seremos uno más entre miles. Pero si somos Nadine Gordimer y vivimos en Sudáfrica, la relación con la comunidad que nos rodea será mucho mayor. Y eso es bueno, siempre que se entienda como una unión entre personas libres.

Lo demás, es silencio. Hay que intentarlo aunque ser escritor sea una tarea fascinante aunque muchas veces peligrosa.
Por Mercedes Fernández.

A ti, que me sigues

Qué es la existencia sino el horror. El horror y el miedo constante a la soledad, a la pobreza...
La frustración es esa condena con la que algunos nacen o se supone que han venido para trabajar en ella. Vivir con la sensación de que cualquier movimiento que intentes sea vano, es algo que no desearía a nadie. Cualquier idea que te pase por la cabeza, bien sea descabellada o la más de las coherentes, acaba siendo destruida por una voz interior que te dice que vas a fracasar.
En cambio la alegría y la esperanza perenne de vivir en compañía, rodeado de personas auténticas, sin falsedades y rodeado de prosperidad y riqueza sigue latente. Riqueza entendida no como la posesión de cosas materiales e inútiles que nos vende el MediaMarkt, sino como la idea de poder vivir en la luz y en la sensación de paz interior desde que te levantas hasta que te acuestas. Pensar que, el premio de vivir cada día engloba una toma de consciencia superior, sin comparaciones ni competiciones ni codazos ni zancadillas. Poder ayudar al prójimo, al próximo, colaborar con el mundo que nos rodea en cualquier proyecto que se inicie, y todo ello sin esperar nada a cambio. La somatización de ideas en progreso (palabra vacía de contenido hoy por desamor de los políticos) nos lleva a la verdad, la bondad y la belleza. Conceptos todos estos que deberían volver a estar vigentes en la maltrecha guía moral de occidente, y no me refiero a la iglesia católica ni a ninguna religión.

El Rocío

«Entrado el siglo XV de la Encarnación del Verbo Eterno, un hombre (1) que, o apacentaba ganado o había salido a cazar, hallándose en el término de la villa de Almonte, en el sitio llamado La Rocina (cuyas incultas malezas le hacían impracticable a humanas plantas y sólo accesible a las aves y silvestres fieras, advirtió en la vehemencia del ladrido de los perros, que se ocultaba en aquella selva alguna cosa que les movía a aquellas expresiones de su natural instinto. Penetró aunque a costa de no pocos trabajos, y, en medio de las espinas, halló la imagen de aquel sagrado Lirio intacto de las espinas del pecado, vio entre las zarzas el simulacro de aquella Zarza Mística ilesa en medio de los ardores del original delito; miró una imagen de la Reina de los Angeles de estatura natural, colocada sobre el tronco de un árbol. Era de talla y su belleza peregrina. Vestíase de una túnica de lino entre blanco y verde, y era su portentosa hermosura atractivo aún para la imaginación más libertina».

«Hallazgo tan precioso como no esperado, llenó al hombre de un gozo sobre toda ponderación, y, queriendo hacer a todos patente tanta dicha, a costa de sus afanes, desmontando parte de aquel cerrado bosque, sacó en sus hombros la soberana imagen a campo descubierto, Pero como fuese su intención colocar en la villa de Almonte, distante tres leguas de aquel sitio, el bello simulacro, siguiendo en sus intentos piadosos, se quedó dormido a esfuerzo de su cansancio y su fatiga. Despertó y se halló sin la sagrada imagen, penetrado de dolor, volvió al sitio donde la vio primero, y allí la encontró como antes.

Vino a Almonte y refirió todo lo sucedido con la cual noticia salieron el clero y cabildo de esta villa y hallaron la santa imagen en el lugar y modo que el hombre les había referido, notando ilesa su belleza, no obstante el largo tiempo que había estado expuesta a la inclemencia de los tiempos, lluvias, rayos de sol y tempestades.

Poseídos de la devoción y el respeto, la sacaron entre las malezas y la pusieron en la iglesia mayor de dicha villa, entre tanto que en aquella selva se le labraba templo. Hízose, en efecto, una pequeña ermita de diez varas de largo, y se construyó el altar para colocar la imagen, de tal modo que el tronco en que fue hallada le sirviese de peana.

Aforándose en aquel sitio con el nombre de la Virgen de las Rocinas».
(1) Alguna otra leyenda lo identifica como Gregorio ("Goro") Medina, natural de Villamanrique de la Condesa. 
Info tomada de www.rocio.com

Joaquín el de la Paula

El 10 de junio de 1933, en la sevillana localidad de Alcalá de Guadaíra, falleció Joaquín Fernández Franco, un gitano bueno, afable, cariñoso, simpático, lleno de humanidad y siempre muerto de frío, conocido en el mundo del flamenco, conforme al matriarcado gitano, como Joaquín el de la Paula.
Junto a su hermano Agustín paró la soleá que se cantaba en Alcalá y la estructuró para ser cantada y que no estuviese supeditada al baile. Joaquín había nacido 58 años antes y de joven se dedicó, como casi todos los gitanos de su época, a pelar ganado; él, los borricos de las muchas panaderías que había en Alcalá, alternando el oficio con el cante en la Venta Platilla. De mozo participó en la guerra de Cuba, donde estuvo por espacio de ocho años como cabo de cocina. Allí enfermó de fiebres amarillas y volvió a España con las piernas hinchadas, posiblemente enfermo de pelagra, y padeciendo posteriormente la enfermedad de Addison.
Casado con Caridad Vargas 'La Cholona', se dedicó también a reorganizar las tradicionales comparsas de carnaval, cuyas letras, como muchos de sus cantes creaba. En muchas ocasiones cantó Joaquín junto a Manuel Torre, Tomás Pavón y Niña de los Peines. En 1967 el Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra le tributó un homenaje, en el que se rotuló con el nombre de 'Camino de Joaquín el de la Paula' la subida al histórico castillo de la ciudad, y se celebró un acto que lo inició el conde de Colombí con una conferencia, interviniendo a continuación Antonio Mairena, Juan Talega, Manuel Mairena, Fosforito, El Chocolate, María Vargas, José Menese, El Perrate, Platero de Alcalá y Bernardo el de los Lobitos.
De Joaquín han sido muchos los que han escrito, entre ellos Eugenio Noel se inspiró en su figura y carácter al trazar los perfiles de su novela 'Martín el de la Paula en Alcalá de los Panaderos', publicada en 1926. Tal día como hoy de hace 78 años falleció Joaquín a causa de una tuberculosis pulmonar fibrosa, según certificado médico.